La producción artística de Virginie Demont-Breton se inscribe en la corriente del realismo naturalista francés de finales del siglo XIX, caracterizándose por una técnica académica rigurosa y una temática centrada en la vida cotidiana, la maternidad y el entorno marítimo. Su obra manifiesta una evolución constante desde las escenas rurales influenciadas por la tradición de su padre, Jules Breton, hacia una pintura de carácter monumental y atmosférico vinculada a la costa del Paso de Calais. La base técnica de su trabajo reside en un dibujo preciso y una observación directa de la naturaleza, principios que mantuvo a lo largo de cinco décadas de actividad profesional. Sus lienzos se distinguen por una composición equilibrada, a menudo centrada en la figura humana, que ocupa un lugar predominante en el espacio pictórico. A diferencia de otros contemporáneos que se inclinaron hacia la disolución de la forma, ella preservó la solidez de los volúmenes y una estructura clara en sus representaciones, lo que le permitió abordar formatos de grandes dimensiones con una coherencia visual notable.
En sus primeras etapas, la obra de Demont-Breton refleja una estrecha vinculación con el realismo rural, enfocándose en la dignidad de las figuras trabajadoras y la sencillez de la vida en el campo. Sin embargo, su estilo se diferencia del de su progenitor por un enfoque más íntimo y una atención especial a la psicología de los personajes. El uso de la luz en estas obras tempranas busca resaltar la textura de los materiales, desde las telas bastas de las vestimentas hasta la rugosidad de las herramientas de trabajo. La paleta cromática inicial es terrosa y sobria, dominada por ocres, marrones y verdes profundos, coherente con la tradición de la pintura de género del norte de Francia. No obstante, se observa ya en este periodo una capacidad para capturar matices lumínicos sutiles, especialmente en las transiciones entre el interior y el exterior de las viviendas, utilizando las aberturas de puertas y ventanas para crear contrastes de claroscuro que otorgan profundidad a las escenas.
El tratamiento de la maternidad y la infancia constituye uno de los ejes fundamentales de su análisis pictórico. Sus representaciones de niños y madres se alejan del sentimentalismo idealizado propio de la pintura académica más conservadora para adoptar un enfoque de realismo documental. En obras como Le Bain, la artista demuestra un dominio técnico en la representación de la piel y el agua, utilizando pinceladas precisas para capturar el brillo de la humedad y la suavidad de las carnaciones infantiles. El uso de sus propias hijas como modelos le permitió alcanzar un nivel de naturalidad en las posturas y expresiones que fue ampliamente elogiado en los Salones de la época. Estas obras no solo documentan la vida familiar, sino que proponen una elevación de los temas domésticos a la categoría de gran arte, dotando a escenas aparentemente triviales de una solemnidad compositiva propia de la pintura histórica. La luz en estas composiciones suele ser suave y envolvente, reforzando la sensación de intimidad y refugio.
La transición hacia la temática marítima marcó un cambio significativo en su manejo de la atmósfera y el color. Tras su establecimiento en Wissant, su producción comenzó a integrar los elementos climáticos de la Costa de Ópalo, como la bruma, el viento y la luz cambiante del Mar del Norte. Su paleta se aclaró notablemente, incorporando una gama extensa de grises, azules acerados y blancos luminosos. La técnica se volvió más vibrante, con una pincelada más suelta en los fondos para sugerir el movimiento del mar y las nubes, mientras mantenía la precisión en las figuras principales. Las mujeres de pescadores se convirtieron en protagonistas de un análisis social a través de la pintura; se las representa no solo en su labor de apoyo, sino como figuras de resistencia y espera. En este contexto, la obra L'Homme est en mer ejemplifica su capacidad para construir una narrativa visual basada en la tensión psicológica, donde la ausencia del sujeto masculino se percibe a través de la mirada y la actitud de la mujer junto al fuego, utilizando la iluminación de la hoguera para crear una atmósfera dramática y contenida.
La monumentalidad es otra de las características distintivas de su producción madura. Demont-Breton no dudó en utilizar lienzos de gran escala para temas que tradicionalmente se consideraban de menor importancia en la jerarquía de géneros. Al dotar a los pescadores y a sus familias de una escala heroica, la artista equiparó la lucha cotidiana contra el mar con las gestas épicas de la pintura clásica. Este enfoque se observa en la disposición de las figuras, que a menudo se presentan en primer plano, recortadas contra el horizonte marino, lo que les confiere una presencia escultórica. El estudio de la anatomía en estas obras es riguroso, mostrando el efecto del trabajo físico y la exposición a los elementos en los cuerpos de los marineros y sus hijos. La solidez de las formas se apoya en un modelado firme que resiste la volatilidad del entorno marítimo, estableciendo un diálogo entre la permanencia de lo humano y la inconstancia del paisaje.
En el ámbito de la pintura religiosa y alegórica, su obra mantiene el mismo rigor descriptivo pero con una mayor carga de simbolismo formal. Cuadros como Ismaël demuestran su habilidad para el desnudo masculino y el tratamiento de paisajes áridos, alejados de su entorno habitual. En estas obras, la luz adquiere una función más dramática, subrayando la soledad o el desamparo de los personajes. A pesar de la temática histórica o mística, la artista no abandona su compromiso con el realismo físico; los personajes conservan una cualidad tangible y una humanidad que los aleja de la abstracción idealista. Este equilibrio entre la verosimilitud técnica y la elevación del tema permitió que sus obras religiosas fueran aceptadas tanto por el público tradicionalista como por aquellos que buscaban una renovación del lenguaje académico hacia formas más directas y menos ornamentadas.
El análisis de su técnica de plein air revela una preocupación constante por la verdad óptica. Sus memorias confirman que muchas de sus composiciones marinas fueron iniciadas o estudiadas directamente en la costa, enfrentando las dificultades del clima para capturar con exactitud los reflejos sobre la arena húmeda y la transparencia de las olas. El manejo del blanco es particularmente notable en su representación de la espuma del mar y la ropa lavada, utilizando empastes sutiles para generar relieve y luminosidad sin caer en el exceso material. La integración de las figuras en el paisaje no es meramente decorativa; existe una unidad orgánica lograda a través del reflejo de los colores del entorno en las sombras y las luces de las vestimentas, lo que otorga una armonía cromática total a sus vistas de la costa.
A finales de su carrera, se percibe en su obra una tendencia hacia un realismo más poético y una simplificación de las formas. Sin abandonar la precisión del dibujo, la artista se interesó más por el efecto general de la atmósfera y por la captura de momentos de quietud. Las escenas de niños jugando entre las dunas o descansando en la arena muestran una mayor economía de medios, centrándose en la relación entre el cuerpo humano y la inmensidad del espacio abierto. La luz del atardecer o del amanecer se convirtió en un recurso frecuente para explorar tonalidades más cálidas y doradas, contrastando con la frialdad de sus obras marinas anteriores. Este periodo final muestra a una artista en pleno dominio de sus recursos, capaz de transmitir la solemnidad del paisaje del Paso de Calais con una sensibilidad que, aunque enraizada en la tradición decimonónica, apuntaba hacia una mayor libertad expresiva en la interpretación del espacio y la luz.