La obra de Pekka Halonen se caracteriza por una evolución que transita desde un naturalismo académico riguroso hacia una síntesis personal donde el paisaje finlandés se convierte en el eje central de una identidad nacional en construcción. En sus inicios, tras su formación en la Sociedad de Arte de Finlandia, su producción estuvo fuertemente ligada a la representación monumental de la vida campesina. Durante la década de 1890, sus pinturas reflejaban un compromiso con la realidad social de las zonas rurales de Savonia y Carelia, utilizando una paleta de colores terrosos y una técnica que enfatizaba la solidez física de sus modelos. Un ejemplo fundamental de este periodo es la obra de 1891 que muestra a un grupo de segadores durante su descanso, donde el artista no solo documenta una labor cotidiana, sino que otorga a las figuras una dignidad estatutaria, alejándolas de cualquier sentimentalismo o victimismo. La composición de estas obras tempranas se basa en estructuras estables y una iluminación naturalista que busca capturar la atmósfera específica del verano nórdico, con su luz clara y sombras suaves.
El contacto de Halonen con el entorno artístico de París, especialmente su estancia en la Académie Vitti bajo la dirección de Paul Gauguin, introdujo cambios sustanciales en su concepción espacial y cromática. El análisis de su producción posterior a 1894 revela una inclinación hacia el sintetismo y el simbolismo, donde las formas se simplifican y los contornos adquieren una mayor relevancia decorativa. Esta influencia francesa se tradujo en una renuncia progresiva al detalle minucioso en favor de una visión más rítmica y estructurada del entorno natural. Empezó a emplear perspectivas más planas y a organizar los elementos del cuadro en planos sucesivos que recuerdan a la estética de la estampa japonesa, una tendencia muy presente en el círculo de artistas nórdicos de la época. En sus paisajes, esto se manifestó en la inclusión de elementos en primer plano, como ramas de árboles o troncos cortados de manera asimétrica, que sirven de marco para vistas más amplias de lagos y bosques, creando una sensación de profundidad sin recurrir exclusivamente a la perspectiva lineal clásica.
El invierno se consolidó como el tema más analizado y recurrente en su trayectoria, hasta el punto de que Halonen es considerado el principal intérprete de la nieve en la historia del arte finlandés. Técnicamente, su manejo de las tonalidades blancas y azules es uno de los aspectos más distintivos de su obra. El artista desarrolló una habilidad particular para representar las diversas texturas de la nieve, desde la escarcha cristalina sobre las ramas hasta los grandes mantos pesados que cubren el suelo. Para lograr estos efectos, solía utilizar una técnica de pincelada seca y capas de óleo delgadas que otorgaban a la superficie pictórica una cualidad mate, evitando los brillos excesivos que pudieran distraer de la sensación de frío y quietud. Su paleta invernal no se limitaba al blanco puro, sino que incorporaba una amplia gama de violetas, grises y el característico "azul Halonen", un tono profundo que utilizaba para las sombras y el agua helada, dotando a sus paisajes de una atmósfera de silencio casi místico.
A diferencia de otros contemporáneos que buscaban en el paisaje una épica nacionalista vinculada a la mitología del Kalevala, el análisis de la obra de Halonen muestra una aproximación más íntima y directa a la naturaleza. Sus cuadros de bosques nevados o de ríos que comienzan a deshelarse en primavera no funcionan como escenarios de gestas heroicas, sino como espacios de contemplación orgánica. La ausencia frecuente de figuras humanas en sus paisajes de madurez refuerza esta idea de una naturaleza que existe por sí misma, eterna y ajena a las vicisitudes históricas, aunque profundamente vinculada a la psique finlandesa. Cuando la figura humana aparece, suele estar integrada totalmente en el entorno, ya sea mediante la representación de trabajos tradicionales como la pesca en el hielo o el lavado de ropa en los agujeros del agua congelada, actividades que el artista trataba con el mismo respeto técnico que un tema religioso o histórico.
La faceta de Halonen como pintor de obras monumentales y de temática sacra también ofrece datos relevantes para comprender su estilo. Sus encargos para altares de iglesias y su participación en la decoración de edificios públicos muestran una adaptación de su lenguaje naturalista a las necesidades de la pintura mural. En estas obras, la composición se vuelve más austera y las figuras se estilizan, buscando una comunicación clara con el espectador desde la distancia. Se observa un interés por la integración del paisaje local incluso en temas bíblicos, situando a menudo escenas sagradas en entornos que recuerdan a las colinas y bosques de Finlandia, lo que permitía una identificación inmediata de la población con el mensaje visual. Esta capacidad de hibridar la tradición iconográfica europea con el entorno geográfico propio es una constante en su análisis artístico.
En el ámbito de la pintura de interiores y escenas domésticas, su obra ofrece un contraste con sus grandes paisajes exteriores. Las representaciones de su hogar en Halosenniemi, con su esposa Maija al piano o sus hijos realizando tareas escolares, muestran un manejo de la luz más cálido y una atención especial a los detalles de la arquitectura de madera. En estas piezas, el análisis técnico destaca el uso de la luz filtrada a través de los grandes ventanales de su estudio, que crea juegos de luces y sombras sobre las superficies de pino, integrando la arquitectura diseñada por el propio artista como un elemento plástico más de la obra. La relación entre el interior protegido y el exterior salvaje se explora a menudo a través de la vista desde las ventanas, un recurso que subraya la dualidad de su existencia como artista y hombre de familia.
Hacia el final de su carrera, el estilo de Halonen experimentó una mayor soltura en la ejecución. Sus pinceladas se volvieron más libres y menos preocupadas por la definición estricta de los contornos, acercándose en ocasiones a una sensibilidad casi impresionista en la captura de los efectos lumínicos momentáneos. Sin embargo, nunca abandonó la estructura sólida que caracterizaba sus composiciones. El análisis de sus obras tardías revela una búsqueda de la esencia del paisaje, eliminando elementos superfluos para concentrarse en la interacción entre la luz, el color y la forma pura. La coherencia de su producción a lo largo de las décadas se mantiene a través de su fidelidad a unos pocos temas fundamentales, los cuales exploró con una profundidad técnica que evitaba la repetición mecánica de fórmulas exitosas.
La técnica de Halonen también se distingue por su enfoque artesanal de los materiales. Se tiene constancia de su interés por la calidad de los pigmentos y la preparación de los lienzos, prefiriendo en muchas ocasiones superficies que permitieran una absorción controlada de la pintura para mantener la sobriedad cromática. Esta preocupación por la materia pictórica es coherente con su visión del arte como un oficio manual vinculado a la tierra. Su obra no busca el impacto visual inmediato a través de contrastes violentos, sino que invita a una observación pausada donde las transiciones tonales sutiles revelan la complejidad de lo que parece simple a primera vista. En resumen, el análisis de la obra de Pekka Halonen describe una trayectoria marcada por la síntesis entre el realismo académico inicial, las innovaciones compositivas de la vanguardia francesa de finales del siglo XIX y un conocimiento profundo del paisaje nórdico, elementos que confluyen en una estética de la serenidad y la observación directa de la naturaleza.